Fuera de lugar (Relato)

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Narae echó la vista atrás y contempló por última vez en el horizonte la ciudad que la había visto nacer.

De pequeña, sus madres le contaban historias de los tiempos anteriores a la llegada de los humanos al continente. Le hablaron de bosques tan verdes que asfixiaban y de flores de miles de colores. «Mis preferidas eran las rosas». Solía decirle Eryal cuando llegaba a esa parte de la historia. «Tenían el color de una caricia. A tu madre le gustaban las hortensias, eran como bañarse aguas limpias como el cristal».

Narae no podía imaginarse un agua tan limpia. Calyo hablaba de su color azul, pero Narae solo veía el gris de los cenagales. El mundo había cambiado. Se había retorcido de formas impensables para una raza que habitaba aquellas tierras desde que el mismo mundo tenía memoria.

Sin embargo, Narae confiaba en las palabras de su familia. Aunque no hubiera conocido un mundo que no fuera el Páramo de ceniza que se extendía por todas partes.

Era su familia quien había tratado de impedir el exilio de todas las formas posibles; pero el Consejo se habían mantenido firme en su decisión: el castigo a la traición era el exilio.

Todo había transcurrido tan deprisa que Narae empezaba ahora a asimilar todo lo que la había conducido hasta aquel punto. Pensó en la destrucción de la planta de energía y en el robo de las crisantas.

Ni siquiera habían dejado que se defendiera de las acusaciones.

El estúpido de Ilai la había acusado de dirigir el ataque, que era ella quien había atacado su puesto e infiltrado al grupo de humanos en el complejo. Aquello había bastado para ponerle la soga al cuello.

Expulsada de su comunidad, desterrada para siempre… Narae sabía que solo había una forma de regresar al hogar. Debía encontrar a quienes habían asaltado la planta y llevarlos frente al consejo junto a las crisantas perdidas. Solo así podría volver con la familia que se había visto obligada a dejar atrás.

Los primeros días de viaje transcurrieron sin sorpresas. Narae cruzó el Enraizado con la misma familiaridad con la que entraba en su casa. Había pasado tantas noches bajo el cielo estrellado junto al borde del Páramo que el corazón se le llenó de melancolía el día en que, finalmente, llegó al límite del bosque.

Ante ella se alzaba el Páramo.

Jamás se había adentrado en él. La radiactividad de los humanos había transformado el bosque ancestral en un erial de muerte. Más allá de las dunas de ceniza, el aire se convertía en veneno. El pueblo de los elfos llevaba décadas sin adentrarse allí.

Lo cierto era que Ilai no mentía. Al menos no del todo. Narae había estado presente durante el asalto. Había tratado de detener a los humanos y los había seguido hasta el Páramo antes de volver a casa.

Narae apartó aquellos recuerdos y emprendió su camino tras ellos.

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